“El club de los filósofos asesinos”, de Julio Murillo, por José Luis Muñoz

José Luis Muñoz

Con una carrera meteórica que se inició en el año 2005, y algún premio importante en el campo de la novela histórica como el Alfonso X El Sabio que ganó en 2008 con Shangri-La. La cruz bajo la Antártida tras haber quedado finalista con su ópera prima Las lágrima de Karseb. Constantinopla, 1453 en 2005, el escritor barcelonés, nacido en Sao Paolo, da un aparente giro a su carrera literaria (aparente, porque Shangri-La. La cruz bajo la Antártida era, más que una novela histórica, un trhiller) para deleitar a sus lectores con una novela de apariencia clásica (una rigurosa arquitectura literaria; un estilo controlado y armónico; perfectas dosis de erudición en diálogos bien hilvanados; interés creciente) y fondo subversivo muy de acorde a los tiempos que nos han tocado sufrir.

Henri Gaumont, un publicista francés de prestigio, ve alterada su vida cuando Leopold, su jefe, le despide de la empresa, sin más explicaciones, y su esposa Miriam le traiciona. Sus deseos de venganza serán canalizados a través de una sociedad secreta exquisita y exclusiva cuyos miembros toman el nombre de filósofos (Platón, Sócrates, Hipatia…) y aplican la justicia a los que escapan de ella. Banqueros, políticos, narcotraficantes, policías corruptos, etarras…serán las víctimas de este club de filósofos asesinos que aplica espantosos castigos a sus reos, no sin su dosis de humor…negro.

El difunto se había desplomado de forma súbita sobre la mesa, tras adquirir la lividez de un velón de iglesia y bambolearse en la silla como un tentetieso, yendo a estrellarse contra el exquisito pato numerado a la sangre, al estilo de Rouen, que saboreaba en el momento del óbito.

Detrás de ese entramado argumental negropolicial, que a algunos lectores les podría sonar a los novelas de Alejandro Dumas o a las de sir Arthur Conan Doyle, hay una profunda declaración de principios de su autor, vehiculado a través de diálogos brillantes y contundentes que nos hablan del mundo de las finanzas, la judicatura o la política tan desprestigiados en nuestros días. Es por ello que la novela de Julio Murillo, canónica en sus formas, y voluntariamente afrancesada, pero vitriólica en su fondo, es hija de la indignación, está emparentada directamente con V de Vendetta, Anonymus y Julian Assange, y es que Julio Murillo, ojo, nos está vendiendo una impecable novela de intriga, misterio y acción, que lo es, y nos está colando entre líneas un subversivo mensaje ácrata con el que ejerce justicia poética, la única forma de lucha de los que no tienen más armas que las palabras.

El devenir de las cosas del mundo parecía estar marcado por el signo de la catástrofe. La crisis del sistema, en un fulgurante efecto dominó, había paralizado los mercados; el dólar y los valores bursátiles se desplomaban con estrépito; el desempleo alcanzaba cotas inusitadas en todo el mundo industrializado; países como Islandia, Irlanda, Grecia, Portugal, España e Italia bailaban en la cuerda floja, bordeando la bancarrota, mientras los líderes de las principales potencias iban de cumbre en cumbre, intentando tapar vías de agua con esparadrapo.

Pero hay mucho más en la última novela de Julio Murillo, más que intriga policial y crítica al sistema, que ejerce a través de ese club de asesinos ilustrados que, con modales del pretérito, se enfrentan al desquiciado presente. El autor reflexiona sobre el hombre, la filosofía, la justicia, la democracia, las artes, y sus juicios no tienen desperdicio por la exactitud con que están expuestos y la contundencia de sus argumentos.

Un óleo o una escultura son algo tangible, euclidiano. Maravillas en dos o tres dimensiones; pigmento y mármol; alma encerrada en el volumen. Belleza y maestría innegable, sí, pero materia al fin y al cabo. La música, al contrario, no admite cárcel ni confín; sólo existe gracias al silencio que la precede y la sucede, y a la potencialidad del instrumento que la crea; es etérea, surge y desaparece; pertenece a un reino suprasensible, luminoso, eterno.

Tiene el lector la agradable sensación de estar inmerso en una novela decimonónica, por lo ajustado de la forma al fondo. Es un piropo. Y es que Julio Murillo, como ya viene siendo norma de la casa, instruye deleitando al lector, con lo que quien tome la sabia determinación de comprarla, y leerla, se llevará a casa dos novelas por el precio de una.

 

El club de los filósofos asesinos
Julio Murillo
Editorial Mártinez Roca

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