“Las flores de Baudelaire”, de Gonzalo Garrido, por José Javier Abasolo

José Javier Abasolo

En comparación con otros países la novela de temática criminal llegó tarde a España. Pese a que algunos autores se sintieron tentados de emular a los narradores anglosajones e incluso Emilia Pardo Bazán, por poner tan sólo un ejemplo de escritora reconocida “oficialmente”, hizo sus pinitos en el género, por diversos motivos, algunos estrictamente culturales (más bien de subdesarrollo cultural) y otros de tipo social, económico o político impidieron su florecimiento. Por eso no es casual que fuese precisamente en la época de la transición, tras la muerte del dictador Franco, cuando empezó a florecer un género negro autóctono, que recogía las inquietudes y la problemática de esos tiempos tan azarosos y estimulantes en los que estaban sumergidos los narradores que optaron por esa vía para elaborar sus creaciones.

Desde esos años hasta el día de hoy, con altibajos según los diversos períodos transcurridos, un buen montón de escritores, algunos con proyección internacional, han permanecido fieles a esa manera de explicar la realidad que nació a finales del siglo XIX en Inglaterra y se desarrolló en la década de los años 20 del pasado siglo en Estados Unidos con tal fuerza que hasta puede decirse que creó un nuevo género o subgénero dentro de la novela policíaca, la llamada novela negra.

Pero hasta que ese cambio llegó, haciendo factible el surgimiento de una narrativa policial propia, se produjo un vacío imposible de llenar con carácter retroactivo. Los autores que en el pasado podrían haber urdido excelentes tramas negras no lo hicieron en su momento (estoy pensando, por ejemplo, aunque hay más casos, en Camilo José Cela, cuya obra “La colmena” nos presenta unos escenarios, una sociedad y unos personajes que con otro tipo de línea narrativa hubiesen sido perfectos para una obra de género) y no existe ninguna máquina del tiempo capaz de llevarnos de vuelta a los primeros años del siglo XX para convencerles de que merecía la pena aproximarse a esa nueva forma de contar historias que se estaba desarrollando en Inglaterra y Francia.

No existe esa máquina del tiempo como posibilidad científica, es cierto, pero sí que existe, afortunadamente, como posibilidad literaria. En parte por la capacidad de mestizaje y asimilación de la novela negra, que hace que muchas de las obras adscritas a otros tipos de narrativa, como pueden ser la histórica, la ciencia ficción o incluso la romántica, sean también novelas policíacas y, por otro lado, porque si bien la novela negra es una novela apegada al terruño, que intenta explicar lo que está sucediendo actualmente en nuestro entorno, cada vez son más los autores que echan la vista atrás para, contemplando cómo fue nuestro pasado, poder comprender mejor lo que somos hoy en día, han empezado a proliferar obras que nos llevan a un pasado que con una visión amplia de la historia podemos denominar próximo: los años sesenta, la posguerra o los primeros lustros del siglo XX. Y ahí es también donde nos lleva, con seguridad literaria y solvencia histórica, el escritor Gonzalo Garrido, cuya ópera prima, “Las flores de Baudelaire”, nos lleva al Bilbao de 1917.

Gonzalo Garrido, autor de “Las flores de Baudelaire”. Foto: Rubén Plaza

La I Guerra Mundial, pese a la catástrofe que supuso para casi toda Europa, fue una época en la que los más avispados empresarios y comerciantes consiguieron hacer grandes negocios y amasar ingentes fortunas. Y mucho más si el país en el que desarrollaban sus operaciones, como era el caso de España, se había declarado neutral y no participaba en la contienda, al menos de un modo activo o beligerante.

A ese carro se sumaron, obviamente, los industriales vizcaínos que habían participado en el auge económico de Euskal Herria surgido, sobre todo, a la sombra de la explotación del hierro y el nacimiento, como consecuencia, de una poderosa industria naval y unas fuertes entidades bancarias. Muchos de estos industriales eran descendientes de ingenieros extranjeros, alemanes, francobelgas o británicos, que se afincaron en la zona, emparentando con familias tradicionales vascas y originando auténticas sagas de empresarios cuyos apellidos, en muchos casos siguen estando presentes en la actual realidad.

Uno de estos bilbaínos de origen vascoalemán es Fran Krüger, casado con una francesa, Sara Delacroix, y padre de tres hijos una de los cuales, la más pequeña e indefensa, por sufrir una minusvalía psíquica, es brutalmente asesinada. El hecho de que Krüger no sienta ningún afecto por su hija, a la que considera algo parecido a un castigo divino, así como el empeño de las autoridades porque nada empañe el ambiente de prosperidad de la ciudad, mucho más cuando se cierne la posibilidad de una huelga general por parte de un incipiente movimiento obrero que también quiere participar, como comensal, en el festín que se está dando la clase empresarial, obligará a cerrar cuanto antes, aunque sea en falso, el caso. El problema es que nadie cuenta con la obstinación y la curiosidad de un fotógrafo profesional, Alfredo Maldonado, que se empeña en investigar contra corriente lo que ha ocurrido, llegando a poner en peligro tanto su negocio como su familia.

Maldonado, cuya personalidad es una de las atracciones de la novela, es un investigador aficionado, lo que le relaciona con los personajes de las novelas de detectives británicas aparecidas en la época en la que está situada la trama. Pero al mismo tiempo se mueve en un ambiente de influencias económicas, corrupciones políticas y manejos mediáticos que le emparientan también con la novela negra que nacería pocos años después. Además, pese a su carácter de investigador aficionado, conoce el terreno que pisa, ya que suele ser contratado como fotógrafo por la policía, lo que le ha hecho estar en contacto con los profesionales que se dedican a la investigación criminal, gracias a lo cual ha aprendido a desenvolverse en esos temas.

Como buen investigador, el fotógrafo iniciará un recorrido que le llevará desde los centros del poder económico hasta las zonas mineras en las que los trabajadores se hacinan en míseras chabolas a cambio de un salario igual de mísero, relacionándose con periodistas, policías honrados con las manos atadas, prostitutas, escritores, burócratas y políticos, mostrándonos un abigarrado y sugerente fresco de la sociedad bilbaína, y por extensión vasca, de principios del siglo pasado. Y, por supuesto, resuelve el crimen de un modo claro y coherente, lo que siempre es del agrado de un lector de novelas de género, aunque en cierto modo eso no sea lo más importante sino, simplemente, el colofón a unas páginas que nos han hecho vibrar mientras las leíamos y, de paso, aumentábamos nuestro conocimiento sobre unas gentes y una época de las que, nos guste o no, somos descendientes.

Las flores de Baudelaire
Gonzalo Garrido
Alrevés


 
 
 

4 comentarios en ““Las flores de Baudelaire”, de Gonzalo Garrido, por José Javier Abasolo

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