Danubio azul: Berlín


Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

Sin duda se acuerdan ustedes de Gerhard Selb, el detective que nos ha acompañado hace poco por Mannheim. Pues bien, no sería nada extraño que, en su infancia o juventud, Selb hubiera coincidido con cualquiera de los personajes que nos podrían servir de guías por las calles de Berlín. Pero no del Berlín actual, sino aquel por el que parecen demostrar predilección los escritores de novela negra, el Berlín de los años 30 y 40 del siglo pasado. Y es que Selb era, por aquel entonces, fiscal nazi, y los tipos a quienes vamos a conocer ahora fueron, más o menos por la misma época, detectives, policías o asimilados en la capital alemana.

Siguiendo un orden cronológico, el primer alemán al que podríamos pedir que nos mostrara la ciudad no sería un berlinés de nacimiento sino un nativo de Colonia, localidad en la que habría nacido en 1900.

Gereon Rath, creación del escritor Volker Kutscher, es  comisario de policía en la República de Weimar y, a través de las tres novelas que ha protagonizado hasta el momento -aunque solo dos han sido editadas en España hasta la fecha, Sombras sobre Berlín y Muerte en Berlín- conoceremos la ciudad en los años previos al auge del nazismo.

Rath comienza siendo adscrito en 1929 a la brigada de costumbres de la policía de Berlín, centrándose su cometido, por tanto, en la persecución de todo aquello que huela a pornografía, vida nocturna, burdeles, clubes clandestinos… Comprenderán ustedes que, desde luego, no le falta trabajo al bueno de Rath en una ciudad que podría ser la imagen perfecta de la degeneración, de la moral relajada, de la libertad sexual más absoluta. Pero que también es el escenario europeo en el que comienza a manifestarse -todavía más si cabe, recordemos que estamos en el año del crac neoyorquino y mundial- la eterna diferencia de clases, con un sector este profundamente obrero y unos barrios mucho más prósperos al oeste, con enfrentamientos continuos en sus calles entre los obreros que enarbolan banderas rojas con hoces y martillos y paramilitares de camisas pardas cada vez más arrogantes y más seguros de que el tiempo les dará el poder que llevan persiguiendo desde unos cuantos años atrás.

Eldorado, 1926

Más tarde, con otro de nuestros guías, hablaremos de camisas pardas, pero ahora busquemos algo de diversión, locura y ambiente desenfadado y desenfrenado, que tiempo tendremos para las penurias. Y para ello, ¿qué mejor que seguir con Rath y visitar Eldorado, por ejemplo?

Eldorado. Ése fue el nombre de, al menos, cinco locales de Berlín de la época de la que estamos tratando aquí. Por ejemplo, el de la Alte Jakobstraße 60 y que se anunciaba como “un hogar tranquilo para señores mayores” (sic). O el de la Kantstraße 24 esquina con Leibnizstraße, en 1928, cuya publicidad lo describía como “encuentro del ambiente mundano y el más exclusivo, elegante y visitado de los establecimientos actuales”. Aunque, puestos a elegir, y solo por cómo lo describe Curt Moreck en su Guía por el Berlín libertino de 1931 nos quedamos por el que abrió sus puertas en 1926 en la Lutherstraße. La guía en cuestión dice textualmente de él:

Un local de baile de gran estilo con un público extremadamente elegante. Esmoquin y frack y grandes trajes de noche – así se presenta la normalidad, que viene aquí a mirar. Los actores se encuentran en grandes números. Deslumbrantes carteles atraen desde la entrada y cuadros, en los que la depravación se ríe de si misma, decoran la entrada. En el guardarropa comienzan a desplumarte. “¡Aquí es correcto!”, se lee sobre un cartel. Misterioso lema, del que se puede interpretar cualquier cosa. Todo es fachada y sólo el desconocedor del mundo cree en su autenticidad. Incluso los travestís auténticos, que ponen a disposición de la empresa su perversión, se convierten aquí en comediantes. Entre los bailes, en los que también el normal puede darse el placer picante de bailar con un hombre afeminado vestido de mujer, hay espectáculos. Una cantante masculina canta con su estridente soprano canciones parisinas con doble sentido. Una estrella de la revista completamente aniñada bailabajo la luz de los focos en piruetas graciosamente femeninas. Está desnudo a excepción de los pectorales y un taparrabos e incluso esta desnudez es engañosa, hace que los espectadores se rompan la cabeza, deja dudas sobre si es un hombre o una mujer. Una de las mujeres más encantadoras y elegantes que se encuentran en la sala es a menudo el delicado Bob y hay bastantes hombres que lamentan en el fondo de sus corazones que no sea una chica, que la naturaleza les ha estafado una deliciosa amante por un error.

Interesante, ¿no?

Bien, como diversión creemos que es suficiente, volvamos a la cruda realidad de la época, demos un salto de casi dos décadas y veamos cómo las cosas han podido cambiar tanto en tan relativamente poco tiempo, hasta el punto de que otro policía, el inspector Dietrich -protagonista de Berlín 1945, de Pierre Frei- debe resolver, en una ciudad derruida en la que la mayor distracción consiste en encontrar algo que vender a los aliados para poder sobrevivir, un caso en el que varias mujeres de rasgos manifiestamente arios -altas, rubias, ojos azules- han sido asesinadas por un serial killer de los de libro. Todos los cadáveres han sido encontrados en el denominado Onkel Tom, dentro de la zona controlada por los americanos. Cuatro mujeres -una actriz, una enfermera, una aristócrata prusiana y una prostituta- a través de cuyas vidas anteriores a su fatal desenlace conoceremos los estragos causados por el auge del nacionalsocialismo en personas de extracción social tan diferente.

Berlín 1945

Pero, ¿qué ha pasado en esas dos décadas escasas para que la que fuera capital cultural europea se convirtiera en un montón de despojos humeantes entre los que sus habitantes luchan como pueden para renacer? Alguien debería explicárnoslo y, sinceramente, no hemos encontrado mejor maestro que aquel a quien podemos considerar, con permiso del francés Nestor Burma, el Sam Spade a la europea: Herr Bernhard Gunther, Bernie para los amigos.

A Bernhard Gunther -protagonista de siete novelas, si bien no todas se desarrollan en Berlín, o no exclusivamente en Berlín- le conoceremos en Violetas de marzo, ambientada en 1936. Para ser más precisos debemos matizar que habrá otra novela posterior -Si los muertos no resucitan, la sexta de la serie- en la que la acción se desarrolla antes, en 1934, con Gunther como detective del hotel Adlon e implicado a través de uno de sus frecuentes amores en un intento de boicotear los Juegos a celebrar dos años más tarde. Pero es, repetimos, en 1936 cuando tenemos primer testimonio escrito de la existencia de este detective alemán con aires angelinos. Se trata, ya lo hemos dicho antes, de Violetas de marzo, la primera novela de la serie en la que podremos ser testigos de la arrogancia con que se conducen los ya todopoderosos nazis, con consignas y discursos de obligada audición transmitidos por radio y difundidos también a través de los altavoces instalados por el partido en las principales calles de la ciudad. Una ciudad con decenas de cervecerías como la Baarz, en la que todo el mundo saluda en pie cuando suena el Deutchland Über Alles. Una ciudad a cuyo alrededor se construyen grandes autopistas que tienen una doble finalidad: reducir el elevado índice de desempleo y servir de cinta transportadora de tropas a países vecinos como, pongamos por ejemplo, Polonia.

Estamos en las jornadas previas a los Juegos Olímpicos en las que el Partido Nazi pretende maquillar su imagen frente al mundo y disimular en la medida de lo posible su imagen totalitaria con gestos como la retirada de la vista -que no de la circulación- de algunos de los diarios más racistas, la exposición temporal en los escaparates de las librerías de algunos títulos prohibidos o la posibilidad de escuchar de nuevo jazz negro. Por supuesto, todo es un espejismo, y en otoño del mismo año las vitrinas rojas del Der Stümner volverían a las esquinas de las calles berlinesas, con un periódico más virulento que antes si cabe.

Para entonces, Gunther ya arrastra, a sus 38 años, un pasado duro y bien nutrido en experiencias vitales: combatió en el frente turco y en Amiens durante la I Guerra Mundial; perdió a su mujer en 1922 -víctima de la mal llamada gripe española-; ingresó ese mismo año en la Kripo, alcanzando el grado de inspector; detuvo a Gormann, un estrangulador en serie, en el que supuso su caso más sonado; y abandonó la Kripo en 1933, harto de las purgas llevadas a cabo por Goering entre sus compañeros, pasando a trabajar en el Adlon como detective un año después.

Lo que le quedaba por delante no era en absoluto más sosegado, pues la labor de un detective privado nunca lo ha sido, al menos en la literatura o el cine. Gunther, aun dedicado a todo tipo de trabajos salvo divorcios, se especializó en buscar personas desaparecidas, hallando un auténtico filón entre la población judía alemana. Sin embargo, no son judíos precisamente quienes contratan sus servicios en Violetas de marzo sino un importante empresario alemán que pretende conocer los nombres de quienes han provocado la muerte de su hija y su yerno y, de paso, recuperar un valioso collar desaparecido en el incendio que acabó con sus vidas.

Dos años después, en Pálido criminal, Gunther es invitado amablemente -todo lo amablemente que la jerarquía nazi te puede invitar a cualquier cosa- a reincorporarse a la Kripo, ahora con el grado de comisario, para hacerse cargo de la investigación de varios asesinatos de jóvenes, casi niñas, de rasgos tan puramente arios como los que ta veíamos en la novela de Frei, una investigación que pondrá de manifiesto los poco disimulados enfrentamientos existentes entre dirigentes como Goebels, Goering, Heydrich o Himmler y que concluirá la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, la conocida como “noche de los cristales rotos”.

Noche de los cristales rotos

En ambas novelas conoceremos la ciudad en las jornadas previas al desastre, una ciudad que huele a guerra por los cuatro costados, con la persecución como objetivo principal no solo de judíos sino de homosexuales, curas católicos o vecinos de los dos últimos reductos comunistas de Berlín, los barrios de Wedding y Neukölin.

Conoceremos sus edificios públicos inmensos como montañas de granito gris, construidos para recordarte la importancia del Estado y la insignificancia del individuo. Conoceremos las largas y anchas avenidas trazadas de un barrio a otro para permitir el paso de columnas de soldados en marcha. Y conoceremos, desde luego, a sus gentes, siempre a través de la lengua irónica de nuestro detective. Veamos en tres pinceladas cómo describe Gunther a sus paisanos:

Los turistas piensan a que a muchos berlineses les gusta disfrazarse de mujeres, pero es que en verdad son mujeres feas, que dan mala fama a los hombres.

La gente de esta ciudad toma nata con casi cualquier cosa, incluyendo la cerveza, y la cerveza es algo que se toman muy en serio.

Tienen también un sentido del humor que suena cruel si no lo entiendes y mucho más cruel si lo entiendes.

La siguiente ocasión en que nos encontramos con Gunther, nuestro detective berlinés es siete años más viejo. Siete años en los que ha vivido una auténtica pesadilla durante la que fue destinado a Ucrania con un grupo cuyo objetivo único es asesinar civiles judíos. No queriendo participar en semejante atrocidad solicitó el traslado al frente y sin embargo fue devuelto a Berlín con destino en la Oficina de Crímenes de Guerra. Posteriormente fue enviado al frente ruso, donde fue capturado e internado en un campo de prisioneros. Lo único positivo de todo ello es que pudo aprender ruso, idioma imprescindible en la ciudad que encontramos en Réquiem alemán, una ciudad dividida en cuatro sectores y en la que los ivanes campan a sus anchas.

Y la que fuera en 1936 y 1938 capital de una Alemania arrogante, prepotente y amenazadora, se ha convertido en 1947 en algo muy diferente, en la capital de una Alemania humillada, hundida y mendicante donde cualquiera se prostituye por un paquete de tabaco, donde el solar anejo al Reistag se ha convertido en un enorme mercado negro en el que los alemanes que tienen algo lo venden a los soldados de las potencias aliadas: joyas para los franceses, obras de arte falsificadas para los americanos, cámaras fotográficas para las vacaciones en la costa de los británicos y relojes de oro para los rusos.

Reichstag 1945

Aunque buena parte de la trama de Réquiem alemán se desarrolla en Viena, la novela con que se cierra Berlín Noir nos ofrece potentes imágenes de lo que la guerra ha hecho con Berlín. Valgan un par de párrafos a modo de ejemplo:

A finales de 1947, Berlín seguía pareciéndose a una colosal Acrópolis de muros derrumbados y edificios en ruinas, un vasto y rotundo megalito en honor a los desechos de la guerra y al poder de 75.000 toneladas de explosivos. La destrucción que había inundado la capital de las ambiciones de Hitler no tenía paralelo; una devastación de una escala wagneriana en la que el Anillo hubiera completado su círculo; la iluminación definitiva de aquel crepúsculo de los dioses.

El que antes había sido el más elegante y famoso hotel de Berlín, el Adlon, era ahora poco más que una ruina. De alguna manera, seguía abierto a los huéspedes, con quince habitaciones disponibles que, puesto que el hotel se encontraba en el sector soviético, solían estar ocupadas por oficiales de esa nacionalidad. Un pequeño restaurante en el sótano no solo sobrevivía, sino que era un buen negocio, como resultado de ser exclusivo para los alemanes con cupones para comida que podían, así, almorzar o cenar allí sin temor de que los echaran de una mesa para favorecer a algunos estadounidenses o británicos evidentemente más ricos, como sucedía en la mayoría de los restaurantes de la ciudad.

Cinco novelas más completan, por el momento, la serie protagonizada por Bernhard Gunther: Unos por otros, Una llama misteriosa, Si los muertos no resucitan, Gris de campaña y Praga mortal. Cinco novelas que se desarrollan, como decíamos antes, no solo en Berlín sino en ciudades como Munich, Buenos Aires o La Habana. Consideramos, por tanto, que con lo visto en la imprescindible trilogía Berlín Noir es suficiente para conocer a fondo la ciudad.

Berlín. La ciudad que debemos abandonar ahora para continuar nuestro viaje. La dejamos en ruinas pero, desde luego, preferimos recordarla tal y como le gustaba a Gunther:

Berlín. Yo adoraba esta vieja ciudad. Pero eso fue antes de que se mirara en su propio reflejo y le diera por llevar unos corsés tan ajustado que apenas podía respirar. Yo adoraba las filosofías fáciles y despreocupadas, el jazz barato, los cabarés vulgares y todos los demás excesos culturales que caracterizaron los años de Weimar y que hicieron de Berlín una de las ciudades más apasionantes del mundo.

Ruta completa: Viena – Zúrich – Mannheim – FráncfortBerlín – Hamburgo

 

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