Danubio azul: Fráncfort


Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

El tren recorre, en un suspiro, los apenas sesenta kilómetros que separan Mannheim de nuestro próximo destino: Fráncfort del Meno.

Fráncfort del Meno, Fráncfort a secas para los amigos -lo del Meno es por el río que la atraviesa y se especifica a veces para no confundirla con la otra Fráncfort, la del Oder-, es la quinta ciudad de Alemania, con alrededor de 700.000 habitantes (algo más de dos millones si hablamos de su área urbana), la tercera parte de los cuales es de origen extranjero.

Como la mayoría de las ciudades alemanas, Fráncfort quedó arrasada por los bombardeos aliados de la II Guerra Mundial y simboliza el conocido milagro alemán, pues en medio siglo fue capaz de resurgir de sus cenizas y convertirse en el centro financiero del país y de Europa, sede del Deutsche Bank, del Banco Federal de Alemania, del Banco Central Europeo y de la Bolsa alemana.

Por supuesto, también es mundialmente conocida por sus salchichas y, en el caso de los aficionados a las letras, por ser la ciudad en la que se celebra cada año, a mediados de octubre, la Frankfurter Buchmesse, la mayor feria comercial de libros del mundo y en la que, por qué no, tal vez algún día podamos vender a medio mundo los derechos de publicación de esta guía que está usted leyendo en este momento.

Dábamos antes un importante dato demográfico de la ciudad, el del origen extranjero de la tercera parte de su población -muchos de ellos turcos, exyugoslavos y coreanos-, miles de ciudadanos nacidos fuera de las fronteras de Alemania o dentro de ellas pero de padres no alemanes y que, por mucho que puedan tener en vigor el pasaporte de ese país, seguirán siendo considerados como mestizos para los restos. Siendo así, ¿por qué no recurrir a dos de esos mestizos para conocer la ciudad en la que residen y trabajan? Dos mestizos a los que separan más de veinte años, casi tres décadas en las que en Alemania cayó un muro y se forjó un nuevo país unificado aunque los problemas migratorios sigan sin resolverse del todo.

Jakob Arjouni

El primero de los elegidos es turco y comenzó a trabajar como detective en los años ochenta. Con la segunda tal vez nos sintamos más identificados, porque ¿qué españolito de a pie no tiene un padre, madre, tío o tía que se fuera a trabajar en los sesenta a Alemania? O, por qué no, un hijo o sobrino que esté a punto de hacer las maletas ahora mismo. Pero vayamos por partes, como le gustaría decir al célebre destripador inglés y empecemos por Kemal Kayankaya, creación literaria de Jakob Arjouni y protagonista de 4 excelentes novelas: ¡Happy Birthday, Turco! (1985), Más cerveza (1987), Rakdee con dos es (1991) y Kismet (2001).

Los padres de Kemal Kayankaya nacieron y vivieron en Ankara, Turquía. La madre murió al nacer Kemal y el padre -como tantos otros turcos- decidió emigrar a Alemania, donde se puso a trabajar de basurero -como tantos otros turcos-. Murió cuando el niño contaba tres años, así que el pequeño Kemal pasó un año en el hospicio hasta ser adoptado por una familia alemana de pura cepa.

Educado, pues, a la alemana y casi licenciado en Derecho, en los ochenta decide hacerse detective privado. Pero, a pesar de la formación académica y educativa facilitada por su familia adoptiva y de su pasaporte alemán, las raíces pesan lo suyo, tanto como para dificultarle algo que debería ser tan sencillo como alquilar un piso en el que instalar su oficina.

“Kayankaya, un apellido interesante” -le dirán en ocasiones. “Más que interesante, turco” -puntualizará él mentalmente. Y este rechazo por su aspecto físico y su apellido puede que sea precisamente el motivo por el que Kemal siente tanto apego por la cultura turca a pesar de no haber pisado jamás el país de sus padres ni haber recibido otra educación que la alemana.

Apego que, como un comprensible mecanismo de reacción, se traduce en rechazo frontal hacia ciertos comportamientos de sus compatriotas de pasaporte, siendo terriblemente sarcástico con las costumbres alemanas, especialmente las que reflejan ciertos estilos de vida, como el esmerado orden y la limpieza extrema de localidades pequeñas en las que un hombre es capaz de limpiar la matrícula de su coche con un cepillo de dientes y soltar un temeroso vade retro ante la proximidad de alguien con aspecto extranjero. O con los aires de superioridad o condescendencia hacia esos mismos extranjeros cuando le escuchamos hacer comentarios irónicos del tipo “Es curioso que la gente de fuera de Centroeuropa no pueda tener razones, sino solo cultura, que expliquen su comportamiento” ante la postura adoptada por muchos alemanes cuando tratan de soportar algunas actitudes de sus vecinos no germanos.

Siendo como es alemán con aspecto y apellido extranjero, no es extraño que quienes le contraten sean precisamente gentes que prefieren a un detective llamado Kayankaya a otro apellidado Müller, de esos que tanto abundan en las páginas amarillas. Es decir, inmigrantes o personas relacionadas con ellos, ya sea una mujer turca que ha comprendido finalmente que la policía no tiene mucho interés por encontrar al asesino de su marido o un alemán enamorado de una puta tailandesa desaparecida -más bien secuestrada- delante de sus propias narices.

Estación Central de Fráncfort

Kayankaya se encargará de mostrarnos la cara más sucia de una ciudad en la que, al margen de la casa natal de Goethe y la iglesia de San Pablo, todo es nuevo, artificial. Así que, teniendo en cuenta los ambientes que frecuenta -y acompañados también por su medio amigo Slibulsky-, lo suyo es que nos movamos habitualmente por los aledaños de la enorme Estación Central, por centros de refugiados u oficinas de extranjería, por las salas de billares en las que juega con el mentado Slibulsky y los bares en los que se deja llevar por el whisky y la cerveza (no soporta los licores de huevo, manzana o cereza, de los que opina que son estupendos para decir en un vaso lo que se piensa de invitados molestos) o por los puticlubs de cinco plantas en los que, a medida que se asciende, ejercen señoritas cada vez más baratas y menos blancas y rubias.

Aproximadamente al mismo tiempo que Kayankaya llegaba al mundo en Ankara, a Alemania llegaba Celsa Tejedor, gallega de Orense y coetánea de Alfredo Landa o Paco Martínez Soria. Y como los dos actores -los personajes representados por ellos- fue una de las miles de españolas que tuvo que emigrar en los sesenta ya no buscando un futuro mejor, sino simplemente un futuro. Así, trabajó durante unos años en la Opel (tal vez ayudó a fabricar el destartalado Kadett que conduce Kemal) y terminó casándose con un alemán, Horst Weber, con quien tuvo dos hijos: Manuel y Cornelia Weber-Tejedor. Tejedor al cuadrado.

Desde entonces han pasado más de tres décadas, nos encontramos en la primera del siglo XXI, Cornelia está en la treintena y, a pesar de esa facilidad para los estudios -a decir del padre- que le habría permitido ser cualquier cosa en la vida, ha decidido ser policía, ocupando el cargo de comisaria.

Como Kayankaya, Cornelia es una mestiza, pero a diferencia del turco le cuesta reconocerlo, poniendo de relieve con su actitud los conflictos de identidad de la llamada “segunda generación” y enfrentada a los orígenes que representa su madre. Cornelia quiere ser exclusivamente germana, pero la sociedad en la que trabaja y reside es terca y siempre la verá como medio española. Curiosamente, cuando viaja a la tierra natal de su madre, sí será considerada como alemana, sintiéndose así entre dos aguas, título de la primera novela de la catalana Rosa Ribas dedicada a este personaje y que sirve como brillante presentación de una serie que ha continuado hasta la fecha con otras dos entregas: Con anuncio y En caída libre.

Rosa Ribas

Al margen de esa reticencia a aceptar su condición de mischling -algo que va superando poco a poco, al ser consciente de que la combinación de la racionalidad alemana con la visceralidad española puede dar excelentes frutos y debido además a que la comisaria descubre que le resulta imposible renunciar a una mitad de sí misma-, Cornelia se comporta de un modo absolutamente normal, siendo su principal peculiaridad la carencia de peculiaridades reseñables, sin esos gustos exquisitos -tanto gastronómicos, etílicos o musicales- que suelen adornar a muchos de sus colegas de ficción.

Observadora y tenaz, Cornelia nos permite comprobar que, a pesar de que tres décadas la separen de Kayankaya, el tema de la extranjería sigue sin terminar de resolverse en su país (como en cualquiera de los llamados países desarrollados, por otra parte), en el que el trato a los inmigrantes -sobre todo a determinados inmigrantes en función de su origen, que no es lo mismo ser francés que magrebí- ha pasado de ser abiertamente hostil en los ochenta a diplomáticamente frío en el nuevo siglo, como una mirada por encima del hombro que pretende no ser políticamente incorrecta. Es decir, los nuevos tiempos han impuesto unas nuevas formas aunque el fondo siga siendo el mismo.

Así, en sus casos está siempre muy presente la inmigración y la compleja composición demográfica de Fráncfort, algo muy fácil de apreciar si extraemos una muestra representativa de ella y nos centramos en la observación de los comportamientos en una ciudad dentro de otra ciudad, la que constituye el aeropuerto y sus instalaciones anejas, en la que vemos que los inmigrantes han “progresado” en todos estos años: ya no son solo basureros, algunos ya son encargados de la limpieza de los aviones que diariamente aterrizan dispuestos a todo por sobrevivir. Es lo que vemos en En caída libre, la última de la serie, la más completa de las tres que la componen y la que nos deja con el corazón en un puño ante la incierta situación personal en que la autora coloca a su comisaria mestiza.

Es hora de partir hacia Berlín, al pasado de Berlín, pero queremos cerrar nuestra estancia en Fráncfort con una reflexión que el turcoalemán Kayankaya nos deja en Rakdee con dos es:

“Se van a Nueva York a ver exposiciones y a África de safari, esnifan en El Cairo, comen en restaurantes japoneses y quieren darles lecciones de democracia a los moscovitas; son internacionales hasta los calzoncillos parisinos, pero no les cabe en la cabeza que pueda haber turcos que no vayan por ahí cargados de trastos viejos o llevando a diez niños sucios de la mano”.

Ruta completa: Viena – Zúrich – Mannheim – Fráncfort – Berlín – Hamburgo

 

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