Entrevista con Claudia Piñeiro. Por Alejandra Zina

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“No me quiero defender del prejuicios del otro,ni pedir disculpas por lo que escribo”


Alejandra Zina

¿Cómo te nacen las novelas y particularmente cuál fue el puntapié de Betibú?

Yo siempre tengo una imagen disparadora. Hasta que no la veo, no tengo una novela. Una primera escena (que no siempre es la primera escena de la novela), a partir de la cual me aparecen los personajes y la historia se me va armando en la cabeza. En este caso era una mujer que vivía en un departamento, que estaba a la mañana esperando que le golpeara el diario contra la puerta. Ahora me enteré que no hay muchos lugares donde te llega el diario a tu casa, pero en Buenos Aires es así. Esa imagen era la primera: esta mina que es escritora y tiene la ceremonia de leer los diarios. Yo la dejo bastante en la cabeza hasta ver qué es lo que le pasa a esta persona, quién es, por qué me apareció esa imagen. En Las viudas de los jueves la primera imagen eran los tipos ahogados en la pileta y eso pasó a ser el segundo capítulo. Pero el disparador fue ese.

Como una escena de película.

Exacto. Le pasa a muchos escritores. Para otros es una frase o una idea. Yo desconfío de las ideas. Las ideas son tan abstractas que a mí no me sirve como semilla. A mí me sirve una idea puesta en un cuerpo o en una situación.

Hay algo que me llamó la atención, que es la elección narrativa de cómo contar la historia. Un narrador que está muy metido en el punto de vista de los personajes, que habla como ellos. Y también esa elección de que los diálogos no sean con guión o comillas sino que formen parte del cuerpo de la narración. ¿Por qué se te ocurrió hacerlo así?

A mí me encanta el estilo indirecto libre, donde se confunde narrador y personaje. Me gusta porque tiene una continuidad. Es como si estuvieras tocando una melodía que no se interrumpe. El guión de diálogo interrumpe. Me pasó con Las viudas de los jueves, que yo tenía los diálogos con comillas pero la última pregunta que se hace la novela que es “¿Te da miedo salir?”, la puse con un guión. Ahí sí quería que se interrumpa y que el lector haga un descanso para escuchar bien esa pregunta. Por supuesto que el corrector de la editorial quería que lo pusiera con comillas, pero era una decisión narrativa. Como dice Barthes en La preparación de la novela, lo espacial también cuenta algo.

Parece que el personaje de Nurit Iscar tiene mucho de tu vida, ¿cuánto tuyo pusiste en ella?

Yo creo que lo que tiene son mis fantasmas, mis miedos. No es que a mí me pase lo que le pasa a ella. Yo no dejé de escribir por una crítica negativa. Pero es un fantasma. Cuando venís de que tus novelas tienen cierto éxito con los lectores, te preguntás que va a pasar cuando venga una que sea un fracaso. ¿Qué me va a pasar en ese momento? O el fantasma de qué me va a pasar dentro de diez años, cuando tenga sesenta. También tenía muchas ganas de reírme de cosas que me fueron pasando a lo largo de estos años. A mí la verdad que me cambió mucho la vida desde que soy una escritora conocida, a partir del premio Clarín. Me pasaron cosas que daban ganas de llorar y cuando las mirás en perspectiva te reís, y te reís de vos básicamente. Por eso al personaje le preguntan qué siente ser best-seller o qué siente al escribir novelas policiales. A Nurit le pasan cosas que tienen que ver con la valoración de lo que escribe, eso sí tiene que ver con cosas que me fueron pasando y de las cuales trato de reírme.

¿Qué cosas te molestaron?

Lo único que me molesta es el prejuicio en cuanto a la intención. Me molesta que alguien crea que yo elijo cómo escribir para vender libros. Yo escribo lo que puedo y da la causalidad que a mucha gente le gusta leer ese tipo de libros. No es algo especulativo. Alguien dijo de esta novela que la parte de las mujeres seguro que la puse para satisfacer a mis lectoras. Esto es un prejuicio masculino. Porque si vos abrís la primera página donde está la dedicatoria vas a ver que yo se la dedico a mis amigas. Y te queda claro por qué escribí esta novela. No la escribí por la muerte, la escribí por las amigas.

Los momentos de comunión de Nurit con sus amigas son muy fuertes. Ellas hablan de su actividad laboral, el sexo, el amor, los hijos.

Yo creo que en ese tipo de fraternidad hay hombres que pueden entrar y hombres que no. Me acuerdo cuando Mauricio Kartun (dramaturgo y director) presentó mi novela Elena sabe dijo algo que me encantó: “A mí me gustó leer esta novela porque es como si yo hubiera entrado subrepticiamente en un baño de mujeres a leer lo que escriben en la puerta del baño”. Hay hombres que les divierte y hay otros que les parece una banalidad. Yo creo que tiene que ver con el armado de lo universal. Si una mujer lee Carta al padre de Kafka o La invención de la soledad de Paul Auster no se pone a pensar que es literatura masculina. Vos armás el universal: es una relación padre e hijo. Punto. Para el hombre armar el universal desde la cabeza de una mujer es mucho más difícil.

Varias veces mencionaste tu gusto por las historias humorísticas de David Lodge y Betibú tiene mucho humor en comparación a Las grietas de Jara o Elena sabe. ¿Fue algo que te salió de forma espontánea?

Yo quería recuperar eso porque es natural en mí. Tuya, mi primera novela, es la que más humor tiene. Después lo fui perdiendo, entonces quería volver a eso. A mí personalmente me salva el humor.

Como dice Pirandello para el teatro, el humor que sirve es el que te reís y al rato decís “¿cómo me puedo reír de esta barbaridad?”. Porque una cosa es el chiste y otra cosa es el humorismo que es reírte con reflexión automática. Hay temas que vos no podés entrar directamente porque a la gente les espanta, pero a través del humor entrás.

¿Te parece que el humor también es visto como un género menor?

Seguramente. Yo caigo en todo: literatura femenina, policial, best-seller y humor. Igual te digo que me estoy apropiando de todo y ya no me interesa nada. No me quiero defender del prejuicio del otro, ni pedir disculpas por lo que escribo.

¿Te basaste en algún caso policial en particular para escribir la novela?

No me basé en ninguno que yo concientemente me acuerde. Sí tengo presente todos los casos policiales de mujeres no resueltos, como puede ser Giubileo, Belsunce, Dalmaso. Hay muchísimos. Uno siempre piensa si fue alguien que estaba cerca. Eso está en el crimen de la mujer de Chazarreta. También me interesa mucho cómo aparecen las marcas que deja un crimen sexual. Yo había puesto como epígrafe un diálogo de la película Río místico que después saqué, donde el personaje de Tim Robbins le cuenta a la mujer lo que él siente de esa violación que tuvo de chico. Era un diálogo donde él habla de los vampiros sin nombrar la violación. Que un vampiro viene, te absorbe y dejás de ser una persona. Juntando material, leí en el diario El País una nota donde refiere que la persona violada siente que murió en ese hecho y que luego surge otra nueva. Es algo que yo tomé de las víctimas, no digo que todas piensen lo mismo, leí ese informe y me pareció muy interesante.

Aparece el ataque sexual y la imagen de la patota, que se da especialmente en los varones y en la adolescencia.

Sí, uno va a hacer una cosa que todos saben que está mal pero como estamos en grupo, la hacemos todos. Hay un caso policial que me impresionó mucho, que no está nombrado en la novela, que es una víctima de una violación en un colegio de San Isidro, que se suicidió de grande cuando pudo confesar lo que le pasó. No sé si vos te acordás, que era el profesor de Arte que los violaba. No sólo el pibe, un montón de gente que no dijo nada hasta veinte años después. Y el tipo estaba suelto y creo que sigue suelto. La cuestión del silencio de los otros. Me gustaba mucho ese personaje que veía y tenía que callar. El testigo que ve una violación y no sabe qué hacer.

Y ahora, ¿estás trabajando en algún nuevo proyecto? ¿Te vino ya esa imagen disparadora que mencionabas al comienzo?

Hay un embrión que estoy dejando macerar para que germine, pero la imagen aún no está clara. Sé que de ahí algo va a salir, pero todavía no la veo con claridad.


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